San Carlos es un municipio de Colombia, localizado en la subregión Oriente del departamento de Antioquia. Limita por el norte con los municipios de San Rafael, San Roque y Caracolí, por el este con el municipio de Puerto Nare, por el sur con los municipios de Puerto Nare y San Luis y por el oeste con los municipios de Granada y Guatapé.
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A San Carlos lo transformó la única alcaldesa de su historia

A San Carlos lo transformó la única alcaldesa de su historia

San Carlos, un pueblo al suroriente de Antioquia, es diferente al San Carlos de hace tres años. A principios del siglo XXI el puente del sector de Las Margaritas estaba caído. El puente de San Blas llevaba en el suelo unos años más. El puente de La María se había desplomado una década atrás. Hoy esos puentes están de pie gracias a ella.

Los sancarlitanos llevaban toda la vida esperando un carro recolector de basura. Llevaban toda la vida esperando una motoniveladora y llevaban toda la vida esperando a que los alcaldes de turno hicieran algo por el pueblo. Hoy tienen el carro recolector, la motoniveladora y muchas obras tangibles como la planta de tratamiento de agua potable del Jordán, uno de los tres corregimientos que componen San Carlos. Esto se lo agradecen a María Patricia.

La historia de San Carlos es un relato de sangre, dolor, odio y guerra. Fue uno de los pueblos de Colombia que más sufrió el conflicto interno. Por ser un punto estratégico que comunica el Magdalena Medio con Antioquia, Urabá y Córdoba la guerrilla y los paramilitares se disputaron durante más de nueve años a sangre y fuego el territorio. Hoy, tras un proceso nada fácil que inició con el apoyo de la administración local, es un pueblo que vive en paz.

En 2011, cuando María Patricia Giraldo se lanzó a la alcaldía de San Carlos, pueblo en el que nació hace 34 años, no estaba muy convencida de hacerlo. Pero el apoyo que iba recibiendo en las veredas que visitaba a pie junto con una de sus hermanas la animaba cada vez más a creer que podía llegar a ocupar el cargo.

“No me gustaba la política. Por muchos factores, entre ellos la corrupción, no creía en la política, era un tema que no me interesaba”, confiesa Patricia Giraldo, sentada en su despacho.

La tercera parte de su escritorio está llena de vírgenes, santos y Cristos que, casi todos, le han regalado ciudadanos de San Carlos. Hay figuritas traídas desde los sitios más alejados del país a los que ella muy regularmente se encomienda al iniciar su día.

“Muy poco me la paso acá en la oficina – dice la alcaldesa – voy mucho a vereda. Me gusta estar con la gente y saber de cerca cuáles son las problemáticas de la gente para luego sentarme a planear con qué proyectos se les puede ayudar”.

María Patricia es la segunda de cinco hijos. Es una mujer del campo y lo dice orgullosa. Nació en la vereda Santa Rita donde sus padres tenían una finca. Era una época en la que su familia, como muchos otros,  vivía de cosechar café.

Mientras estudiaba la primaria en la escuela de la vereda ayudaba a sus padres en las labores diarias del campo. Después se trasladó con una de sus hermanas, la mayor, al casco urbano a seguir con los estudios.

Vivieron solas en el pueblo y todos los viernes, al terminar la semana académica, ambas caminaban por más de tres horas, desde el pueblo hasta la finca, para estar con la familia el fin de semana. Se graduó de bachiller en 1998, el mismo año en que entraron los paramilitares al pueblo.

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La guerrilla estaba presente en San Carlos desde hacía muchos años. Ellos no se metían con nadie, según las versiones de varios ciudadanos y de la misma alcaldesa. La violencia y el caos llegaron con los ‘paras’ que lograron arrinconar y sacar a la guerrilla del pueblo. Las autodefensas se hicieron con el control del territorio.

Fueron casi diez años en los que el pueblo se desangró: hubo más de 600 homicidios, más de 180 víctimas de minas antipersonas, casi 350 personas desaparecidas y el pueblo soportó 33 masacres. La alcaldesa no fue ajena a esta guerra.

Cuando los paramilitares iniciaron la ofensiva contra las guerrillas, el 80 por ciento del pueblo se desplazó. Hubo veredas que quedaron sin un solo habitante. La familia de María Patricia tuvo que salir de su finca. No pudieron sacar nada. El último que salió fue el don Luis Alfonso Giraldo, el padre de la alcaldesa, y detrás de él el fuego consumió la vivienda familiar.

Mientras la finca y otras más ardían en la vereda Santa Rita, María Patricia, tres de sus hermanos y su madre, doña Julia  Ramírez, estaban en el pueblo, en una casita que la mujer había comprado con ahorros tras trabajar por años en el área de servicios generales de la Estación Piscícola del pueblo. Cuando don Luis llegó a la casa las maletas ya estaban listas. Se fueron desplazados a Medellín.

La familia llegó a la casa de una de las hermanas de la alcaldesa, que junto a su esposo, meses atrás, había también salido desplazada del municipio. Don Luis, un hombre dedicado a sus vacas y a sus tierras trabajó lavando buses. María Patricia consiguió trabajo en una droguería.

En 2003 la sangre de la guerra los volvió a salpicar. Una llamada desde San Carlos a la casa de Medellín les anunció la muerte de Rosa Giraldo, hermana del jefe de la familia. Rosa murió en un ataque que la guerrilla le hizo a un carro en el que se movilizaba ella junto a otros campesinos que pretendían retornar a la vereda de la que años atrás habían sido desplazados.

“La tristeza nos embargó. Lloramos en familia pero no pudimos acompañar a la tía en su velorio y entierro – contó María Patricia –. Teníamos mucho miedo de morir al volver a pisar nuestra tierra”.

Un año después, en septiembre de 2004, otra llamada entristeció aún más a la decaída familia Giraldo Ramírez. En esta llamada les anunciaron que otro miembro de la familia, la tía Estella Ramírez, hermana de doña Julia, también había sido asesinada. A ella, según lo narra la alcaldesa, la mataron los paramilitares. La sacaron de la casa y a las afueras de su finca la mataron. La acusaban de auxiliar a la guerrilla.

Ni María Patricia ni ninguno de los miembros de la familia pensó en volver a San Carlos. Todos empezaron a hacer su vida en Medellín.

María Patricia, después de atender la droguería, pasó a trabajar en una funeraria, allí su labor era acompañar los cortejos fúnebres con un ramo de flores. No se separaba del ataúd. “Ganaba bien – dice – pero era un trabajo muy duro. Ver el dolor de las familias y no llorar era algo difícil”.

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Mientras trabajaba empezó a estudiar derecho en una universidad de Medellín. Estudiaba antes y después de la jornada laboral. Para ese tiempo y durante toda su universidad trabajó en un almacén de venta de calzado. Salió siendo administradora de uno de los puntos. Se graduó en 2004, montó una oficina de abogados junto a unas amigas y ejerció.

En 2007 la volvieron a llamar desde San Carlos. Era una llamada de la personería del municipio. Querían que remplazara a la personera quien tenía licencia de maternidad. Los paramilitares, que se habían desmovilizado en 2005, se habían ido del pueblo, muchos de ellos se quedaron a vivir en San Carlos. María Patricia, después de pensarlo, aceptó. Su familia se fue con ella.

Trabajó como personera encargada en septiembre, octubre y noviembre de 2007. El enero siguiente la contrataron como personera titular, un trabajo que duró tres años, al cabo de los cueles funcionarios públicos, amigos y ciudadanos ya la habían convencido para lanzase como candidata a la alcaldía.

Ganó tan solo por 48 votos. Hizo una campaña austera, invirtió tan solo 60 millones de pesos, que se fueron, casi todos, en transporte y publicidad. “Aquí hubo campañas de hasta mil millones de pesos”. Ella y Martha, su hermana mayor, recorrían las veredas en moto y caminaban por horas para hablar con los campesinos, quienes fueron los que la pusieron donde está hoy.

Fue la primer alcalde titular mujer de San Carlos en sus 228 años de fundación. Ganó la alcaldía con 30 años cumplidos y se convirtió en la alcaldesa más joven que ha tenido Antioquia en toda su historia. Y según algunos sancarlitanos entrevistados, la más querida del municipio.

María Patricia hizo obras que los anteriores alcaldes no habían llevado a cabo. La razón, dice la alcaldesa sin pensarlo, “uno, la corrupción, y dos la falta de planeación. Conmigo la platica no se ha perdido, la hemos multiplicado. Ahí están las obras y los proyectos que están beneficiando a la gente”.

Desde la personería y ahora desde la alcaldía ha trabajado mucho por las víctimas del conflicto. Uno de sus pilares y proyectos a los que más le ha metido las uñas es al retorno de los campesinos desplazados a su territorios.

Confiesa que es muy difícil retornar, ella y su familia no lograron hacerlo a la finca donde creció. La triste historia que vivieron allá es un recuerdo que no pudieron soportar. Don Luis le regaló la finca a un familiar para que hiciera su retorno allí.

“A la fecha y desde el fin del conflicto han retornado unos catorce mil quinientos campesinos a San Carlos y siguen llegando. La alcaldía, aunque a veces no es tan fácil, por presupuesto, debe garantizar ayudas para estas personas y lo estamos haciendo”.

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María Patricia, cuando está en la oficina, sin distinción recibe a todos en el despacho: a funcionarios, políticos, campesinos y a todos los trata con el mismo cariño. “A ella no se le subió el puesto a la cabeza”, dijo Miguel, un mototaxista del pueblo.

Ganó el premio Antioqueñita de oro. Un reconocimiento departamental a tres mujeres con capacidad de liderazgo. “A mí me lo dieron por el trabajo que estaba haciendo como alcaldesa en todo el proceso de paz en San Carlos y la reconciliación”.

“Sabes qué es lo más charro -afirmó en medio de la risa- en el primer año me postularon, fui toda contenta y me senté en primera fila toda ‘pispa’, como decimos los paisas, y no me lo gané. Al segundo año que me postularon no creía que me lo iba a ganar, fui porque la doctora Rocío me invito; voy y me gano el premio, pero esa vez fui toda desorganizada ¡Qué pena!”

Hoy San Carlos, después de vivir un conflicto tan sangriento, es un pueblo que está en paz. Según la alcaldesa, ya no hay grupos armados en su territorio. Tanto en el casco urbano como en la zona rural hay decenas de desmovilizados, que a la fecha el pueblo ha recibido y ha perdonado. “Nosotros somos el ejemplo que después de la guerra sí puede haber paz”, explica María Patricia.

Entregará la alcaldía el próximo año. Se va satisfecha, exhausta y agradecida con su gente. Se va querida por los habitantes de San Carlos. Según las obras y los comentarios de los ciudadanos cumplió con la única promesa que les hizo en campaña: “La platica no se les va a perder”.

Descansará unos meses. Estudiará ingles, quiere volver a la universidad y estudiará una maestría. Sabe que la buena alcaldía que hizo y que está haciendo le abrió puertas que más adelante muy seguramente va a cruzar. Aunque no quería ser alcaldesa, aunque no le interesaba la política, va a seguir en ese camino que sabe muy espinoso.

Es una mujer muy atractiva, al entregar el mandato se casará con el novio con el que lleva varios años de relación. También quiere tener hijos.

“El verdadero posconflicto se hace con buenos gobiernos locales, con administraciones que no se embolsillen la platica de los ciudadanos. Con alcaldías que inviertan el presupuesto en el bien común y en darle a su gente una mejor calidad de vida, si los gobiernos hacen eso la guerra no tiene razón de ser. No podemos firmar una paz si no hay unas soluciones reales de los problemas que tienen las comunidades”.